lunes, 14 de julio de 2014

En cuclillas

Es una noche obscura, sin luna, sin estrellas; veo al cielo esperando contemplar alguna luz, mientras termino los últimos milímetros de un amargo cigarrillo barato.

La noche es obscura, parece no haber nada alrededor; busco alguna forma de vida, alguna luz, algo que me haga saber que no estoy en completa soledad... no lo encuentro. Camino entonces rumbo a tu casa, esperando que al menos continúes con vida.

Me detengo en tu jardín y contemplo una vez mas los rosales que tanto te enojaba que los niños maltrataran, los contemplo detenidamente y corto dos rosas, de las mas grandes que pude encontrar... serian un buen detalle para ti.

Me acerco a tu puerta y me doy cuenta que no estaba cerrada, ¡qué raro, nunca has tenido un descuido así! entro a tu casa lentamente y subo sigilosamente la escalera que da a tu cuarto; al parecer nadie esta en casa ¿estarás ausente tu también?

Entro a tu cuarto y te veo dormir tranquilamente, escucho tu respiración pausada, lenta, profunda; llegan a mi mente todas aquellas veces que te veía dormir en mis brazos, pareces un ángel cuando duermes. Tomo una de las rosas que corte y la entretejo con tu cabello, te robo un sutil beso que parece que correspondes y me aparto para contemplarte una vez mas, para tenerte siempre presente en mi mente.

A un lado de tu cama, veo de reojo tu ropa, la ropa que llevabas un día antes en la plaza, ese atuendo que hace que hombres y mujeres te volteen a verte por igual. Lo tomo entre mis manos, aun huele a ti; ¿como me vería con ella?

Me comienzo a desvestir lentamente mientras te contemplo dormir sin sospechar nada, recordando cuando nuestros cuerpos se rozaban piel con piel, cuando sentía tu corazón a galope bajo mi cuerpo. ¡Somos de la misma talla! me doy cuenta con admiración cuando me veo dentro de esas prendas robadas y el reflejo del espejo me devuelve la imagen de que no eres tu, que jamas serás tu.

No puedo soportar el ya no poder estar a tu lado, que me hallas dejado, no soporto que un día pueda verte en los brazos de otra persona, no lo puedo permitir. Con el corazón lleno de dolor, tomo las tijeras que reposan en tu peinador, me acerco sigilosamente a ti, levanto levemente tu cabeza y sin esperar tu respuesta, hundo de un solo golpe ambas hojas de las tijeras en tu nuca.

Me alejo y te contemplo; tienes los ojos abiertos por completo y una ahogada palabra en la garganta, creo que te diste cuenta que fui yo; desfilo enfrente de tu fría mirada con tu atuendo del día, presumiendolo, haciendo que por ultima vez me admires.

Tu cama se ha inundado de sangre, que malo que no puedas contemplar ese bello contraste de tu blanca piel sobre el fondo rojo de tu cama... te hubiese gustado, tu que tanto te enorgullecías de la blancura de ese perfecto cuerpo que tenias de empaque.

Veo fijamente tu cuerpo, tu escultural cuerpo, ahora inmóvil, no puedo creer que ya no pueda volver a tocarlo, a saborearlo, a poseerlo, no puedo permitir que sea otra persona la que te tenga, no puedo permitir el perderte.

Bajando por las escaleras, me doy cuenta que estamos solos en la casa; camino a la cocina y tomé de entre los cajones el cuchillo con mas filo que encontré.

Al regresar contigo, te veo aun inerte en la cama, aun con tus ojos abiertos de par en par, tu piel pálida, sin emitir sonidos; me acerco de nuevo a ti y saboreo por ultima ocasión tu cuerpo, hurgando con mi boca y lengua hasta el mas recóndito espacio de tu piel, todos aquellos lugares que en el pasado descubrimos. Me acerco a tu sexo y percibo un aroma dulce ¿estarías soñando conmigo? creo que eso ya no lo sabré.

No me puedo permitir dejarte ahí, quien sabe que hagan con tu cuerpo los pervertidos a los que sueles llamar familia, quizá te exhiban en una caja de lamina y cristal para luego alejarte de mi para siempre al depositarte en un frío hoyo de la tierra, eso no lo puedo permitir.

Me desnudo por completo nuevamente frente a ti, bailando como sé que te gusta, tomo el cuchillo y delicadamente comienzo a cortar tu piel por el lado izquierdo, únicamente por el lado izquierdo, para después, ir despegandola lentamente de tu demás cuerpo, sin romperla, sin lastimarla.

Al terminar veo esa funda de ti, esa dulce piel blanca que tanto amaba, pero ahora esta vacía.

Me acerco a tu cuerpo y por debajo de las costillas me abro paso entre músculos, viseras y otra sarta de cosas viscosas mas y llego a tu corazón, con ambas manos, lo arranco de su sitio, lo veo, rojo, fresco, hermoso, no puedo hacer otra cosa que comerlo entero, saborearlo... ahora tu piel no estará vacía.

Me calzo tu piel... me queda a la perfección, somos de la misma talla. Tomo una de las rosas y la entretejo nuevamente en tu cabello, la otra la deposito en donde estaba tu corazón; me visto, ya no importa si era tu ropa o la mía, ya somos la misma persona.

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