Salí muy
temprano esa mañana; no tenía nada que hacer en la casa, tan solo
quería salir. Me desperté, al contrario de otras veces temprano, a
la par del sol. Por ello, tenía todo el día por delante, libre y
sin saber que hacer.
De pronto,
mientras caminaba, se me atravesó un pequeño niño, cayendo de
sorpresa a pocos centímetros de donde daría mi próximo paso. Para
no pisarlo, tuve que hacer una acrobacia increíble, cayendo al
suelo, con una carpeta que traía en mi mano izquierda, maleándose
mis pies.
De
inmediato reincorporé la mirada y me vi en el suelo tirado, con mi
carpeta destrozada y los papeles que contenía dentro de un charco
lodoso de la calle. Me levanté en el acto y corrí a recoger los
papeles del charco; los tomé en mis manos, pero ya no eran más que
tortuosas natas de lodo.
¡El
trabajo de mi vida, destrozado! Veía frenéticamente aquellos
papeles mojados y sucios, escurriendo aguas negras por mis manos,
mientras de reojo, veía como el niño causante de esta desgracia
brincaba desinhibidamente entre la banqueta y la calle.
Un
sentimiento de furia invadió mi cuerpo, mi sangre circulaba cada vez
más deprisa y mi mirada se empañaba progresivamente, mientras
intentaba mover mis piernas para perseguir a ese desgraciado remedo
de pollino. Había destrozado el trabajo literario de más de quince
años, del cual nunca había sacado reproducciones.
Caminé
lentamente hacia el niño, viendo a mi alrededor, fijándome que no
hubiera nadie. En mi mano izquierda sostenía aún aquella masa de
papeles y en la derecha concentraba, se-gun-do a se-gun-do, la furia
del momento. Entonces el niño volteó y me vio a los ojos:
-¿Se
lastimó, señor?- preguntó el niño, tiernamente.
-No, no
mucho- le contesté, mientras mi furia, al ver la tierna cara mugrosa
del niño, se desvanecía y se convertía en una tierna sonrisa.
El niño se
volteó y volvió a caminar, cuando, de pronto, la furia volvió a
tomar por asalto mi corazón y en cuestión de segundo, tomé, con
todas las fuerzas que tenía, por el cuello al niño.
El niño
quiso gritar, mas mi fuerza era tal que le corté totalmente la
respiración. Lo levanté, tomándolo solo del cuello; mi pulgar
presionaba fuertemente su garganta, mientras el resto de mis dedos se
clavaban, con furia indomable, en su cuello, brotando ligeramente
algunas gotas de sangre.
Entonces
tomé con la otra mano la espalda del niño, levanté su playera y
ayudándome con las uñas, le entere los dedos; tomé con ellos su
columna y con un movimiento violento, la trocé, llevándome dos de
sus vertebras. El niño tan solo pataleaba, pues poco a poco su cara
comenzaba a amoratarse a causa de la falta de aire.
Dejó de
patalear y su cara cambió, brotando de sus ojos pequeñas lágrimas.
Me conmoví por la escena y no quise verlo sufrir mas, por lo cual
desenvainé mi cuchillo, lo posé en su cuello y corté, de un solo
tajo, su cabeza.
De
inmediato brotaron de su cuello borbotones de sangre a gran presión.
Su cuerpo cayó, batiéndose en el suelo en aquel hemático charco.
Yo, mientras tanto, sostenía su cabeza, sin que mi furia cediese
aun.
Entonces,
aun buscando venganza, desprendí, centímetro a centímetro, su cara
con mis dientes, chorreándome por la barbilla la aún caliente
sangre del niño. Después, tomando su cráneo entre las manos, lo
lancé con todas mis fuerzas contra un poste de alumbrado, volando en
mil pedazos; se esparció el cerebro por todo el lugar, quedando
embarrado cual betún de pastel.
Estaba
satisfecho, mi coraje había salido, estaba tranquilo. Había hecho
un muy buen trabajo, pero quería dar rienda suelta a mi imaginación,
pues no deseaba que esto fuera en balde. Por ello, cogí el cuerpo ya
inerte del infante, lo desvestí, introduje algunas de sus ropas por
el esófago, mientras con mi cuchillo cortaba su cuerpo, haciendo
lindas figuras a lo largo de él.
Ya cansado
y preocupado, pues ya casi comenzaba a salir la gente, le practiqué
una incisión en sus genitales, colgándolo de ésta en un escalón
de varilla de uno de los postes de madera. Abandoné entonces el
lugar, recordando en ese momento, mientras daba la vuelta a la
esquina, que Manuel, mi mejor amigo, había pasado en computadora
todos mis escritos. Expiré fuerte y dije para mis adentro "Que
suerte; gracias a Dios, no se perdió nada".
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